Antes de que accedas al otro mundo
Advertencia: Este cuento incluye escenas fuertes, sangre y tortura.
/- El portal -/
La dirección que me dieron por DM en la red social RDTZone me llevó a un lugar que estaba a una hora de mi casa, en un sector antiguo y casi en ruinas de la ciudad.
La dirección exacta era un edificio a medio construir cubierto con paneles de madera, plásticos y esas mallas habituales en una constructora. Todo el sector daba malas vibras, un sector que hace poco años sufrió un incendio y aún quedaban edificios con las huellas del fuego y otros a medio construir. Por un momento pensé que me habían engañado, que me querían estafar.
Estaban todas las señales. El tipo en la red solo usaba el Nick, ese nombre automático con un número que daba la red, no sabía más de él. Tenía una cuenta con solo una semana de antigüedad. Lo que sabía era que compartía mis mismos gustos por el horror y que, justo, tenía un libro en la edición de tapa dura de la colección Valdemar que vendía a buen precio porque estaba reuniendo dinero para un viaje. Muchas coincidencias.
Pasaban los minutos y el atardecer ya estaba cerca. Me empecé a impacientar.
El lugar olía a basural, madera chamuscada y a algo más... A cera de vela que me hizo recordar esos tiempos en que iba a las misas de las parroquias a la que iba con mi abuela.
Recordé que de niño, mientras ella hablaba o discutía con los curas, yo paseaba por la parroquia de turno. Jugando en una ocasión encontré en un rincón unas figuras de yeso, deterioradas. Su pintura descarada y faltante en algunas partes, con dedos rotos y ojos ausentes, pero aún así sentí como su mirada me atravesaba, mirando mi interior, removiéndolo. Salí gritando. Mi abuela me recibió y me persignó con sus dedos chuecos rezando entre dientes algo que no entendí.
Ese hecho me llevó a buscar respuestas en la ficción del horror y no pude dejar de pensar que ese sitio en ruinas parecía un cementerio gigante.
Del edificio a medio construir llegaba el rumor de un motor encendido. Fui hasta allí y por una pequeña abertura entre los paneles vi, justamente, velas encendidas alrededor de una tarima. Velas negras que chisporroteaban. Cuando mi vista se acostumbró a la oscuridad del interior los vi:
Personas con túnicas y capuchas negras arrodilladas.
No es una buena ocasión para mostrar mi valentía, pensé. Me giré para arrancar y olvidar el libro. No pude, me encontré rodeado con cinco personas encapuchadas de negro y un viejo de túnica roja que no oí llegar. ¿En qué momento aparecieron?
El viejo juntó sus manos embadurnadas en un líquido rojo escarlata. Entendí que era sangre fresca.
—¡Qué bueno que pudiste venir! —dijo con una voz profunda, dejándome paralizado.
El viejo manchó con la sangre tibia de sus manos mis orejas, párpados y boca. Lo hizo diciendo unas palabras en un idioma grotesco, rasposo, estridente, que fue capaz de sacudir mis huesos.
El viejo me dijo al oído:
—He descorrido para ti el velo que separa esta realidad con la otra, con los seres más viejos que tu dios.
Sentí mi corazón latir a un ritmo desenfrenado. Comencé a respirar a través del olor metálico de la sangre. Los sonidos me llegaban lejanos junto a otros que venían del Inframundo.
Quise hablar, pero mi boca no abría y mi lengua estaba dormida.
Tragué saliva con dificultad y sentí que mi boca se llenaba de una ceniza metálica.
El viejo le pidió a las otras personas que me llevaran al interior. Lo hicieron a empujones. Mis pasos eran torpes, no solo por el miedo que sentía que volvía mis piernas en lanas, también porque mi esqueleto aún vibraba.
El interior de la construcción escondía un templo improvisado. Estaba el altar donde vi las velas y donde yacía una persona que estaba desnuda en una mesa junto a otra donde me llevaron.
Los otros encapuchados seguían de rodillas emitiendo un murmullo continuo, era el "hum" como un motor que escuché antes y que ahora retumbaba en mi cráneo, erizando los vellos de mi piel.
Me amarraron a la mesa y antes que inmovilizaran mi cabeza vi que a mi lado el cuerpo desnudo era de un hombre al que le habían abierto el estómago. Las tripas sobre su pecho y su cabeza. Su sangre en mis orejas, nariz y boca.
En uno de los brazos del cadáver había un tatuaje de una vela negra encendida. Algo en mí dijo que lo conocía, pero no pude recordar más en ese momento.
El líder, el viejo, dijo otras cosas en ese idioma extraño. Largas palabras, dolorosas, que se posaron en mi pecho y encendieron el esternón como una brasa caliente.
Luego en ese idioma dijo algo a los encapuchados y le trajeron un cuchillo de hueso y una vela negra pequeña que estaba apagada.
—Llegó el momento —me dijo y a los otros encapuchados les ordenó que me desnudaran. Usaron tijeras para cortar mi ropa, no podía hablar, no podía quejarme, no podía moverme. ¿Me abrirán el estómago, también?
El miedo me hizo compañía.
El líder habló en ese idioma y cuando terminó vi dos realidades a la vez, como imágenes superpuestas.
Una era el interior de una construcción, la otra era una caverna con paredes talladas con figuras horrendas. Ojos desproporcionados, bocas animalescas. Criaturas enormes con dos cabezas, brazos que terminaban en garras y criaturas feroces que tenían miembros de pulpos.
El líder sonrió y sus dientes no eran humanos, eran como los de esas figuras talladas en la caverna del otro lado. Tomó el cuchillo con sus dos manos ensangrentadas y lo clavó en mi esternón.
Una y otra vez.
Era doloroso, sin ver lo que hacía supe que estaba tallando letras de ese idioma que no era de esta realidad.
El dolor era el todo mi huesos en llamas.
Sentí, sin ver, que alguien más había llegado, pero no a la construcción, a la caverna.
El líder habló y mis huesos retumbaron en la caverna:
—Si estás aquí, enciende la vela.
Y vi una mano como garra en las dos realidades encender la vela.
El líder puso la vela encendida sobre mi pecho.
—¡Ven!
Y unas garras en esta realidad empezaron a abrir mi pecho. Unas garras en el otro lado hacían lo mismo. El dolor insoportable era como un fierro caliente que me atravesaba el pecho. Me corrían lágrimas por mis mejillas.
"¿Por qué yo?", me pregunté.
—Lo siento —dijo mi abuela— No pude eliminar la marca que el bautismo no pudo borrar.
Era un recuerdo olvidado. Mi abuela en la cama del hospital, antes de morir me dijo eso. Y recordé mientras me rompían el pecho a mi abuela arrastrándome a diferentes parroquias, discutiendo con los sacerdotes, pidiendo otro bautismo, pidiendo un exorcismo. Diciendo que mi padre me vendió por jugar con cosas fuera de su entendimiento. Y recordé la única vez que vi a mi padre... De él era ese tatuaje, mi padre era el cadáver a mi lado.
—Ya lo entiendes —me dijo el líder— Todas las deudas se pagan.
Y mi pecho crujió. Aquí y allá.
Y yo fui el portal.
Por mi pecho abierto en la otra realidad entró la criatura. Por mi pecho abierto en esta realidad salió.
Me desvanecía, la energía se me acababa. Vi a una criatura enorme, del doble de una persona, salir de mi pecho. Tenía dos cabezas, y estas y sus brazos estaban cubiertas con mi sangre y tripas.
La criatura aulló y todos, incluyendo al viejo se arrodillaron.
En un rápido movimiento la criatura dió un manotazo a la mesa cercana y metió el cadáver de mi padre en una de sus bocas. Luego extendió su otro brazo hacia mí. Sus profundos y feroces ojos amarillos me observaron un instante mientras unos encapuchados me quitaron las amarras. Me tomó y me masticó con sus filosos dientes.
Mi suplicio duró unos segundos y luego no hubo nada. Nada en esta realidad en la otra logré salir de la caverna sólo para ser esclavizado por criaturas que parecen pulpos y que disfrutan de infringirme dolor…
El Fin.
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