Antes de que cobren las deudas
/ Pastel /
Los riesgos son cosas del día a día. Así funcionan los negocios. No puedes ser débil y asustadizo. Pero reconozco que después de lo de ayer no he podido controlarme del todo.
Ayer domingo escuché ruidos en el pasillo. Voces, una discusión, un grito y luego un golpe en la puerta. Fui al mesón de la cocina a dejar los snack y bebidas. Miré por la mirilla de la puerta y solo vi unas sombras al final del pasillo. Dudé si volver al dormitorio y decidí mirar el pasillo. No había nadie.
Noté el olor a humo, a velas y un olor agrio que no pude reconocer.
Dejé la puerta abierta y fui hasta la puerta de mis vecinos. Sabía que ellos no estaban. Llegué a la puerta de ellos, puse la oreja y no escuché nada.
Volví a mi departamento, tomé el citófono, marqué y no obtuve respuesta.
Mi esposa me gritó del dormitorio preguntando qué pasaba. Le dije que estaba en eso y que siguiera viendo la serie de tv. "Ya me cuentas si pasa algo importante".
Insistí con el citófono y nada. El conserje no estaba y no era raro, había quejas de otros vecinos por eso, pero no de mi parte. Sé que él me veía por las cámaras descargando cajas hacia la bodega, nunca ha preguntado cuál es mi negocio y nunca me han faltado cajas. Vecinos se han quejado de robos en sus bodegas y el estacionamiento, los del reparto de comida se han quejado de cobros indebidos del conserje. Coimas, peajes, violencia. No he visto nada de eso.
Bajé al hall para que el conserje me mostrara las cámaras y ver que pasó en mi pasillo. El tipo no es mala persona, por lo menos conmigo no.
Lo encontré tras el mostrador. Cuando me acerqué prendió unas pantallas y vi los pasillos de los otros pisos. Era un tipo risueño y con toda la alegría falsa que puede tener un conserje una tarde calurosa de domingo me dijo:
–¿Qué lo trae por aquí?
Su sonrisa era falsa. Soy un hombre de negocios y nosotros reconocemos las sonrisas falsas con facilidad.
Me fijé que estaba arremangado y que en su lado del mesón había un libro para la bitacora, a un lado una llave stillson, al otro una caja cuadrada con manchas de suciedad.
–Llamé y nadie me contestó –le dije haciendo el gesto con las manos.
–Sí, está fallando. Fuí a tratar de arreglarlo y estaba cerrado. Le di unos golpes con esta llave y se arregló.
–Tiene unas manchas rojas la llave.
–Ahh... Debe ser la vela del pastel que tengo aquí. Pasé a pegarle. Un pequeño accidente.
Por fin da una sonrisa real, pero no me dejó tranquilo. Él lo percibió y abrió la caja. Dentro había un pastel pequeño, revuelto y al lado cinco velas rojas.
–Pero no me ha dicho que es lo que necesita.
Le expliqué. Bajó la llave al suelo y limpió el mesón con un paño. Allí puso el teclado y un mouse y se puso a buscar los archivos. Sacó una cuchara que había junto a los lápices y se puso a comer el pastel. Yo miré la caja sucia y no dije nada.
Fue a los archivos de 15 minutos atrás y llegó a un archivo del Hall, en el momento que por los ventanales, llegó una moto de un repartidor de comida.
–Ese tipo no entró, lo sé porque lo conozco. Es un tipo problematico –dijo sacando el video y eligiendo otro que estaba en negro, el siguiente igual–. Fallaron las cámaras... Quizá cuando golpee el rack de comunicaciones... Lo siento, no tengo nada.
–¿No habrá otro video?
Sacó una porción grande de pastel y lo comió con calma deliberada. Empezó a abrir carpetas y llegó a una carpeta que tenia un número. El de mi departamento.
No me mostró mi pasillo, el video era del exterior, frente al edificio y allí estaba yo dando el abrazo y un fogoso beso a una mujer. Una mujer que no era mi esposa.
–Creo que no le gustaría ver, lo que han captado las otras cámaras. No pregunte por lo de hoy. Yo también soy un hombre de negocios y no me gusta que haya gente que me deba dinero.
Se arremangó la camisa otro poco y pude ver junto al codo una mancha escarlata.
–Eso es todo por hoy –me dijo– Conozco su negocio y sé que no debería llegar con cajas de su trabajo acá.
Me sonrió y cayeron unas migas de pastel de su boca.
Volví enojado al departamento y con la sensación de que algo apretaba mi estomago. No encontraba las llaves. Toqué el timbre para que mi esposa me abriera la puerta. Miré a mi alrededor sin mirar dónde están las cámaras. Sabía que él conserje me estaría observando. Bajé la mirada y entonces vi tres manchas rojas del tamaño de una moneda junto al marco de la puerta. No las vi antes de bajar. Cera de vela, pensé. Me agaché a tocarla y estaba húmeda, pegajosa.
–¿Qué te pasó? ¿Te cortaste? –Me preguntó mi esposa. Me encontró arrodillado.
–No, yo no...
–¿Y esa sangre...?
Me puse en pie tembloroso y recordé que cuando estaba en el hall pude ver que todavía estaba la motocicleta del repartidor. Recordé el pastel, la llave stillson con manchas "de vela", la mancha en la manga de la camisa.
Pude imaginar la escena de lo ocurrido. La violencia afuera de mi puerta.
Pensé en las cinco velas. Una fecha olvidada, una fecha que debía olvidar en el hogar. Cinco meses de esa aventura de la que el conserje tenía un corto video de prueba.
El repartidor era deudor del conserje y ahora yo también. Soy un hombre de negocios, pero no sé calcular el precio de un hombre, ni el precio del silencio. No, no estoy tranquilo..
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